Inicio > Servicios > Actividades Culturales > Área de Música - Música y Sociedad
Acceso a la biblioteca

Música y Sociedad

 


 

 

 

 

AMERICAN GRAFFITI

(George Lucas, 1973)

AMERICAN GRAFFITI

En uno de los momentos más significativos de American Graffiti, suena en la radio el primer éxito de los Beach Boys, Surfin Safari, y uno de los personajes exhala nostálgicamente y dice “el rock’n’roll ha ido cuesta abajo desde que murió Buddy Holly”.

Hoy en día nos puede parecer extraña esa línea de diálogo en una película que se desarrolla en 1962. Asumimos que aún se vivía la edad de oro del rock’n’roll, pero la verdad es bien distinta: el estilo de música entendido como el rock’n’roll de los pioneros estaba muriendo desde 1959, y nuevos estilos (entre ellos el surf representado por los Beach Boys) se abrían paso. De hecho, en el mismo 1962 en Inglaterra, un grupo desconocido llamado los Beatles grababan su primer single, Love Me Do. En poco más de un año arrasarían en las listas americanas, originando la llamada invasión británica, y cambiando la música popular para siempre.

Es por ello que American Graffiti decide situarse en ese momento que marca el fin de una era, la era del rock’n’roll.

El joven cineasta llamado George Lucas que rueda American Graffiti dista mucho del actual hombre de negocios exitoso. Recién salido de la escuela de cine, sólo había dirigido una película, THX-1138. Una película de ciencia-ficción que pretendía seguir los pasos del 2001 de Kubrick, pero que resultó un gran fracaso. En aquel momento, Lucas quería seguir en el campo de la ciencia-ficción, pero cambiando el tono hacia la aventura y la diversión, y para ello pretendía hacerse con los derechos de Flash Gordon, el personaje de los comics y seriales favoritos de su infancia. Pero ninguna productora estaba dispuesta a dejar en sus manos el presupuesto necesario para tal empresa.

El gran amigo y mentor de Lucas, Francis Ford Coppola, le recomienda que escriba una película pequeña, que retrate la realidad que él mismo conoce y ha vivido, sus aficiones, sus inquietudes… entonces el joven californiano empieza a rememorar la época del instituto, las noches de sábado en que salía con su coche (Lucas es un apasionado del motor) y escuchaba los éxitos del rock’n’roll tan en boga. Se le ocurre contar estas experiencias a través de un mosaico de historias de adolescentes en el transcurso de una noche, la noche de la fiesta de graduación, tras la cual deberán irse a la universidad. Una oportunidad para contar una historia sobre la maduración, los cambios, el fin de una era.

Ya desde el principio, George Lucas tenía claro uno de los rasgos distintivos de American Graffiti: quería que la música estuviese sonando constantemente, como una especie de sonido ambiente omnipresente. De hecho, mientras escribía el guión se puso al lado un tocadiscos con una montaña de vinilos de la época, y en la indicaciones de cada escena figuraba la canción que debería sonar.

Ese fue, de hecho, el mayor obstáculo que encontró Lucas para vender su proyecto: las productoras opinaban que pagar tantos derechos de autor (estamos hablando de más de 40 canciones) dispararía el presupuesto de una película cuyo mayor valor es que podía ser barata. Finalmente, Universal aceptó el guión a condición de que Lucas encontrara un nombre importante que fuera asociado a la película. Puesto que aún era un desconocido en Hollywood, sabía que no podría convencer a ninguna gran estrella, así que lo tenía difícil. Pero justo en ese momento, su amigo Coppola estrenó El Padrino, que se convirtió en la película más taquillera hasta ese momento, y elevó a su autor a los altares de la crítica cinematográfica. Lucas le convenció para que se involucrara en American Graffiti como productor asociado, y de esta manera Universal aceptó dar luz verde al rodaje.

El casting se componía de jóvenes actores desconocidos, pero que estaban a punto de convertirse en estrellas: Richard Dreyfuss, el protagonista, se convertiría en el actor fetiche del primer Spielberg, saltando al estrellato con Tiburón (1975) y Encuentros en la tercera fase (1977). Otros futuros grandes secundarios del cine americano como Charlie Martin Smith (Los Intocables) o Kathleen Quinlan (Apolo 13) aparecieron también en la película. El antiguo actor infantil de Disney, Ron Howard, realizó aquí una de sus últimas interpretaciones importantes, ya que pronto iniciaría una carrera como director que le daría éxitos como Apolo 13, Frost contra Nixon o Una mente maravillosa (por la que ganó el Oscar en 2001).

Finalmente, en un pequeño papel aparecía un actor que por falta de ofertas llevaba meses trabajando como carpintero, un joven llamado Harrison Ford.

El rodaje fue muy difícil: Lucas quería transmitir una autenticidad casi documental, de modo que rechazó rodar en estudio. Toda la filmación transcurrió en pequeños pueblos californianos cercanos a San Francisco, como Modesto, el pueblo del que es originario Lucas. Las sesiones de rodaje se hacían agotadoras, ya que toda la película es exterior noche. Para colmo, los actores debían ir vestidos de verano cuando el invierno ya se había echado encima. La ventaja fue que se pudo rodar en orden cronológico, de modo que los actores cada vez aparecen más cansados según va avanzando la noche que se narra en la historia.

Una vez terminada la película, el estudio Universal empezó a tener serias dudas sobre ella: el estilo coral no era muy corriente en aquella época, y creían que la historia quedaba demasiado diluida entre tantos protagonistas. En un momento dado, pensaron no estrenarla o hacerlo en un pase televisivo. En un visionado privado con los directivos de Universal, Coppola les echó en cara no darse cuenta de que tenían una gran película entre manos, y les ofreció comprar allí mismo los derechos de American Graffiti para estrenarla por su cuenta. La determinación de Coppola (ante el retraimiento habitual de George Lucas) hizo que los jefazos de Universal se replantearan su postura, y empezaron a hacer pases de prueba con público. La respuesta fue tan positiva que finalmente decidieron estrenar la película.

Desde el comienzo, American Graffiti ganó el corazón de los espectadores. Tocó la fibra sensible de una generación que respaldó la película con un taquillazo inesperado. Aún hoy sigue siendo una de las películas más rentables de la historia teniendo en cuenta el presupuesto inicial. Además, la película entusiasmó a la crítica, que saludaron a George Lucas como el nuevo gran observador de la sociedad americana. American Graffiti fue nominada al Oscar a la mejor película de 1973 (fue derrotada por un clásico como El golpe) y aún hoy figura en las listas de las 100 mejores películas americanas de todos los tiempos.

Sin duda la temática conectaba con un momento decisivo para el americano medio: el fin de una era de inocencia, de optimismo y confianza en el american way of life, el final de los “felices 50”. La pregunta que aparecía en el cartel de la película (“¿Dónde estabas tú en el 62?”) no es baladí, pues estamos hablando del punto de no retorno de una generación. En 1963 se produce el asesinato de Kennedy y algo se rompe en la conciencia colectiva de Estados Unidos. Empieza la escalada en Vietnam y los movimientos de protesta juveniles. Ese Richard Dreyfuss que vaga desorientado por la noche californiana, sin saber qué va a hacer con su vida al día siguiente, representa ese estado de confusión en que cayó el país en los años 60.

Por otro lado, la gran baza del film es su banda sonora, con nombres como Buddy Holly, Chuck Berry, Del Shannon, The Platters, Fats Domino, The Beach Boys… la idea de enlazar canciones populares del pasado se convirtió en una tendencia en el cine de los 70.

Pero por encima de las canciones en sí, está el original tratamiento que les da Lucas: la música es un personaje más, presente de manera constante, y se adapta a las peculiaridades de cada secuencia: puede ser música que suena en un coche que pasa a toda velocidad, puede tener la reverberación del gimnasio del colegio en que sucede el baile, puede sonar con el característico eco de una radio en una tienda…

Como dijo George Lucas, American Graffiti trataba la música como si fueran sonidos de la propia historia, no ofreciéndola al espectador desde un plano irreal, como suele ocurrir en el cine. Es sin duda una decisión artística acorde al tratamiento visual cercano al documental (algunas de las secuencias están iluminadas tan sólo con la luz proveniente de las farolas y de los escaparates de las tiendas cerradas).

Con el éxito de American Graffiti en el bolsillo, Lucas estaba en disposición de hacer lo que quisiera. Coppola le recomendó que siguiera en la senda de su última película, pero su amigo no le hizo caso. Prefirió recuperar su idea de volver a la ciencia-ficción con un acercamiento más lúdico y espectacular, en recuerdo de los viejos seriales de su infancia. Ya no quería adaptar Flash Gordon, porque había decidido escribir su propia historia, a la que había titulado Star Wars. Pero esa es otra historia…

Federico Alba

< volver

 

Universidad CEU San Pablo
Julián Romea, 23 - 28003 Madrid, España
Tlf: +34 91 456 63 00